Hola a todos.
Puede que algunos sepais algo de mi, puede que otros no. Para ambos grupos, lo que escribo en el otro blog son ficciones sobre mi realidad. Esto es la pura verdad, sin conservantes ni colorantes ni ningún aditivo.
El principio de todo esto fue una conversación, por llamarla así, pues solo escuché y no fui capaz de decir nada.
Nada de lo que me dijiste es mentira, eso es evidente y sobra decirlo. Ya había tenido esa conversación contigo y con más gente. Pero hubo dos cosas que me dijiste que no me había dicho nadie.
Debería pasarme la vida pidiendote disculpas por la forma en que comenzó todo, tú le diste un nombre, yo usaría otro que sonaría mucho peor. En el fondo de mi inconsciencia supe que era así, supuse que de alguna manera tú tambi´rn lo sabías, que era algo no pronunciado que estaba entre nosotros. Cuando lo pronunciaste me sentí realmente mal, me llego a lo más profundo del corazón, no podía decir absolutamente nada, tenía un nudo en la garganta, se me secaba la boca y se me humedecían los ojos. Hoy no exagero. Tenía ganas de llorar y nada me lo impedía, ¿pero para qué? Realmente para que. El llorar no cambia las cosas, puede servir para desahogarse, pero no tenía sentido.
También me dijiste otra cosa. No dolió tanto, pero si me decepcionó un montón, no porque lo dijeras, sino por el significado de esas palabras. Me lo habías dicho en otras ocasiones, pero no que fuera la causa del final. Era más que evidente, pero sigue siendo distinto oirlo. Te lo tençias guardo, eso me confesaste. Fue el mejor momento para escucharlo.
Pusiste las cartas sobre la mesa y es mi turno. Voy a jugarmelo tardo sin mirar mi mano. Me da exactamente igual perder, porque si no se juega y no se arriesga, ni ganas, ni pierdes, ni juegas y la partida no se va a detener por un jugador indeciso.
Ya van dos días.
Gracias una vez más.
jueves, 9 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario